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Cuento. El encuentro con el duende

Hoy hace un día muy bueno. El abuelo Matías prepara el desayuno tanto para él como para la abuela Ana. La cafetera está en el fuego, el café ya está listo y un agradable aroma inunda la cocina. Medio vaso de café más otro medio de leche es lo que le gusta a Ana, y así lleva preparándolo el abuelo durante más de 40 años. Él prefiere el café solo, coge su taza favorita y la llena hasta la mitad. A la abuela le encanta cocinar, ayer hizo un rico bizcocho de yogur, de esos que tanto le gustan a Acher. Matías corta dos porciones y las coloca con amor en un plato de postre, un trozo para la abuela y otro para él.

¡Qué ganas de volver a tener en casa a los nietos! Mientras prepara el desayuno, Matías piensa en ellos. Ixeya es muy tranquila, pero la persona más atenta del mundo, en eso se parece a su madre. Acher es un pequeño terremoto, curioso a la vez que cariñoso. A Matías le encanta compartir con ellos su pasión por la montaña, esa misma que una vez ya transmitió a su hija, hace ya unas cuantas décadas.

Siguiendo con los rituales de cada mañana, la abuela Ana escribe unas líneas en su diario antes de levantarse. Una o dos páginas al día en las que cuenta lo ocurrido el día anterior, cuántas cosas espera hacer hoy y lo maravilloso que va a ser el día.

–Ana, amor, el desayuno está preparado – se acerca a ella y le da un beso.

Ella cierra el diario y le sonríe. Sí, hoy va a ser un bonito día.

Los dos se sientan a la mesa. Ana coge su tazón de café, se lo lleva a los labios y bebe. Mira por la ventana y ve cómo el sol inunda el prado que hay al lado de la casa.

Abuela desayunando

–¿Quieres que vayamos a dar un paseo? Hace un día muy bueno.

–Claro. Me preparo ahora mismo. – El abuelo, siempre está preparado para salir a dar un paseo por el monte.

Matías, cierra con llave la pequeña pero pesada puerta de madera y juntos recorren los metros que les separan hasta la vieja verja de madera. Se dan la mano, tal y como hacen desde el día en el que se conocieron y comienzan a caminar.

–¿Crees que Acher vendrá estas vacaciones con ganas de pintar de nuevo la verja? –pregunta el abuelo, echando un vistazo de lejos a la vieja verja. La pintura ya estaba un poco descascarillada después del duro invierno. El abuelo pintaba su preciada verja cada primavera y el último año Acher le había estado ayudando entusiasmado.

–Seguro que estará encantado de echar una mano, sobre todo si le das una buena propina. – Ana recuerda a su nieto, lleno de pintura hasta las orejas, y sonríe con el corazón.

Van paseando, tranquilamente, disfrutando del paisaje, del sol, del canto de los pájaros, hablando de sus planes. Se nota que no queda mucho para tener a sus nietos por casa. Tienen ganas de que su alegría y sus juegos inunden la casa de risas. Algo interrumpe su conversación. De repente, el abuelo siente que alguien los está mirando.

–¡¿Pero qué ven mis ojos?! Jajaja. No me lo puedo creer. Esto tiene que ser una broma –. Una voz desconocida sale de entre los árboles.

Encuentro con el duende

Un ser un tanto extraño, no muy alto, se presenta frente a ellos. Los abuelos se quedan estupefactos y sin saber qué hacer.

–A juzgar por vuestras caras, imagino que no sabéis quién soy. Jajaja. No me lo esperaba. Encontrarme con esto es todo un regalo. Tenéis algo que me pertenece.

El duende adelanta su brazo hacia la abuela y Matías, pensando que le iba a hacer daño, se pone delante de ella. El duende, con un rápido gesto de la otra mano hace que el abuelo salga despedido hacia un lado, cayendo al suelo.

Con una sonrisa burlona el duende le dice:

–No me hagas reír, por favor. No eres rival para mí, anciano –se burla del abuelo.

Da un paso hacia la abuela, quedando a pocos centímetros de ella, vuelve a levantar su mano y le arranca el collar con un rápido movimiento.

–Esto es mío. La persona que os haya entregado este colgante ha sido demasiado estúpida al dejar algo tan valioso en manos de dos simples humanos. Pero esto no va a quedar así.

–No nos haga daño, por favor. Llévese el colgante. Me lo encontré hace muchísimo tiempo, pero no sabía que tenía dueño. Quédeselo –le dice el abuelo con voz entrecortada, temiendo lo peor.

–No, ni hablar. Tendréis vuestro castigo. Jajaja. Pero no os voy a hacer daño.

Un chasqueo de sus dedos fue lo único que necesitó el duende para hacer desaparecer a los abuelos.

–Adiós.

¿Qué había pasado?

Matías y Ana despiertan en un extraño lugar.

–¿Qué ha pasado? – La abuela estaba desorientada y no sabía dónde mirar.

Ya no estaban en el bosque de al lado de casa, ¿o sí?. Ese sitio era muy extraño. Todo parecía brillar con un color metálico. Se encontraban en lo alto de una colina. En el fondo del valle, el cual se parecía mucho al de su casa, se podían ver pequeños edificios cuadrados, grises. Extraños vehículos recorrían las calles. Un tren con vagones en forma de huevo llegaba a lo que parecía ser la estación.

–¿Dónde estamos? – El abuelo abrazó a la abuela –. No te preocupes, todo saldrá bien.

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