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Cuento. Persiguiendo un hada

Era una mañana de verano, de esas que tanto le gustaban a Lucía. No hacía falta que su madre le fuese a despertar, los pájaros lo hacían a buena hora, como todas las mañanas.

En cuanto Chocolate escuchaba que ella levantaba la persiana, iba a darle los buenos días.

–¡Buenos días Chocoooo! ¡Hace un día fantástico! ¿Encontraremos dragones en nuestra misión de hoy?

Donde había piedras, ella veía seres fantásticos que no querían moverse para no ser descubiertos. ¿Un tronco de arbol caido y seco?, el hogar para cientos de diminutas criaturas. ¿Una madriguera?, una cueva que escondía fantásticos tesoros. Su imaginación no tenía límite.

–¡Buenos días mamá!

–Shhh, baja la voz, que tu hermana está todavía durmiendo.

–Buenos días mamá – repitió en voz bajita.

Su madre sonrió. Lucía puso su desayuno, un gran vaso de leche con dos cucharadas de chocolate en polvo y una de azúcar. Eso y unas cuantas galletas serían suficiente para tener energía durante toda la mañana.

Todos los días se levantaba con una gran sonrisa y lo primero que hacía tras desayunar era calzarse las botas y ponerse sus pantalones de exploradora. Pero aquel día…

–Lucía, te he dejado el vestido azul encima de mi cama. Es el cumpleaños de la abuela. Nos iremos pronto.

–¡Es verdad! Hoy vendrán las primas. – Lucía tenia ganas de poder jugar con su prima Miriam. Era la más parecida a ella, y les encantaba imaginar que eran dos guerreras que luchaban contra enormes dragones.

Lucía se puso el vestido azul, pero en vez de zapatos, se puso las botas antes de salir, quería recoger un ramo de flores silvestres para su abuela. De puntillas, para no ser descubierta, se dirigió a la puerta.

–¿Dónde vas? ¿No pensarás salir con el vestido a trepar árboles? –Su madre la había pillado justo antes de salir por la puerta.

–No voy a trepar ningún árbol, solo voy a recoger unas flores para la abuela. Te prometo que no me mancharé.

Su madre dudó.

–Vale, está bien. Pero no te alejes demasiado, en cuanto tu hermana se despierte, nos iremos.

–Mi hermana es una dormilona, me podría dar tiempo a recoger todas las flores del bosque.

–No tardes mucho. Aunque tu hermana sea una dormilona, no quiero ir muy tarde.

–Vaaaaale. ¡Vamos Choco! Tenemos que recoger las flores más bonitas para la Reina del Bosque.

Lucía salió corriendo de casa, el vestido nunca había sido impedimento para correr y saltar por el bosque. Ella sabía dónde se encontraban las flores más bonitas del lugar, en un claro que había subiendo al Mirador del Rey, no muy lejos de su casa. No habría problema de estar a tiempo, antes de que su hermana se despertase.

Una curva, dos curvas, la Fuente de la Herradura, donde salía el agua más fresca y buena del lugar, una curva más y… ¿qué era ese reflejo azul? Ella se acercó poco a poco. Chocolate ladró.

La bola de luz salió volando y paró un poquito más adelante, entre los árboles. Cuando ella volvió a acercarse, Chocolate volvió a ladrar.

–Shh calla, que vas a asustarle.

La luz azulada volvió a volar un poco más lejos, adentrándose en el bosque y alejándose del camino.

Lucía, intentando hacer el menor ruido posible, de puntillas como en el momento en el que salía de casa, se acercó de nuevo. Esta vez pudo ver mejor de qué se trataba, no había duda: personita pequeña, alas…. A Lucía se le abrieron muchísimo los ojos y en su boca apareció una enorme sonrisa. ¡Un hada! ¡Y le estaba mirando a ella!

–Hola. –dijo tímidamente.

El hada le hizo un gesto, para que la siguiese.

Chocolate apareció en ese mismo instante, ladrando y gruñendo como un loco. Parecía que su nueva amiga no le gustaba para nada. No era normal en él.

–¡Calla Choco! ¡La vas a asustar!

En ese momento, el hada salió volando hacia las copas de los árboles, desapareciendo de la vista de Lucía.

–Jo, la has asustado. – No estaba enfadada, pero sí un poco decepcionada.

En ese momento vió que se había manchado el vestido.

–Creo que mamá se va a enfadar. Y si le cuento que he estado persiguiendo un hada… no se lo va a creer… No pasa nada, en la fuente me limpiaré. –le dijo a Chocolate. – ¡Vamos! Mañana volveremos a buscarla.

Pero cuando se dio la vuelta para ir a la fuente, solo pudo ver árboles por todos lados. ¿Dónde estaba el camino? No era posible que se hubiese adentrado tanto en el bosque.

Lucía empezó a ponerse nerviosa, su madre siempre le decía que no se alejase del camino. No era la primera vez que se adentraba en el bosque, pero siempre iba con su padre.

Chocolate ladró, quería que le siguiese, y así lo hizo ella. Unos minutos después estaba en un sendero que iba hasta casa.

–¡Lucía! – Su madre la estaba llamando a gritos. –¡Lucía!

Chocolate volvió a ladrar. Entre los árboles pudo ver a su madre, muy nerviosa.

–Pero, ¿dónde te habías metido? ¿Estás bien? ¿Dónde has estado? – Su madre se veía realmente preocupada.

–Mamá, estoy bien. Pero… – Le daba miedo confesar. – … me he adentrado un poquito en el bosque y no sabía salir. Pero Chocolate me ha traido. Sólo ha sido un ratito… pero me he manchado el vestido entre los árboles, sin querer. –Lucía estaba a punto de llorar, sobre todo al ver a su madre tan preocupada.

–Lucía, ¡llevas fuera horas! Tu hermana ha ido a buscarte al claro donde vas siempre a coger flores y no estabas. Ha vuelto muy preocupada. Ella y tu padre han ido a buscarte y yo me he quedado aquí, esperando por si volvías.

–Pero… si sólo ha pasado un ratito. He estado persiguiendo un hada y…

–¿Cómo?

–Sí, un hada, azul. Pero Chocolate la ha asustado.

–Lucía, prométeme que no volverás a perseguir a ningún hada. Prométeme que jamás saldrás del camino cuando vayas sola. Te has despistado y te has perdido entre los árboles, es normal, tienes mucha imaginación. Pero no vuelvas a salir del camino. Nos has pegado un susto de muerte. – Su madre estaba muy nerviosa. Con la historia de Lucía le había venido a la mente una de las leyendas del luegar. Mitos, cuentos, decían… – Prométemelo.

–Te lo prometo – Lucía no sabía qué decir.

Y esa fue la última vez en muchísimo tiempo en que Lucía hablaría del hada. Hoy en día, ya adulta, no sabía cómo había podido guardar tantísimos años aquel secreto.

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